En el muro de las lamentaciones

Llegué al Muro de las Lamentaciones un día festivo, se celebraba la entrada en la edad adulta de los niños judíos. Seguí a uno de los grupos que cantaba y bailaba haciendo sonar cuernos y panderetas por la gran explanada que se extiende ante el Muro, y pronto me cerraron el paso. Las mujeres no podemos entrar en la zona de rezo de los hombres. El muro está dividido en dos por una muralla de piedra. De un lado los hombres con sus ritos, del otro, las mujeres.

Tanto un lado como el otro estaba abarrotado. Y, ya en mi sitio, encontré rezando fervorosamente a mujeres de todo tipo. Me senté junto a una de ellas, le pregunté, claro, cómo aceptan que haya áreas separadas para hombres y mujeres, y ella me explicó todo lo demás.

Desde hace 30 años un grupo de mujeres reivindica rezar (donde siempre lo hacen, es decir, no quieren saltar al otro lado del Muro), utilizando elementos litúrgicos que son solo para hombres.

Me costó entender de qué se trataba. Para las mujeres está prohibido utilizar los tallitot, que son unos mantos para la oración; tampoco pueden usar kipás, el clásico gorro judío, ni los tefilin, que son unas cajitas negras que los hombres llevan en la frente, atada a la cabeza con una tira que les recorre todo el brazo. Dentro del tefilin llevan textos de la Torá.

Las mujeres, según los haredíes, los judíos más ortodoxos, que son los que llevan las riendas, no pueden ni siquiera cantar sus oraciones, porque su voz es muy tentadora (no sé muy bien qué quiere decir esto, la verdad).

En el año 2013 la Corte de Jerusalén dictó una sentencia que casi resquebraja el ortodoxo muro. Entendió que el que las mujeres llevaran estos símbolos no era una «violación de la costumbre local», que es lo que tanto se preserva en Jerusalén.

Aquella sentencia incluso dictó que “ninguna ley prohíbe a las mujeres rezar en ningún sitio concreto” del Kotel –muro occidental, en hebreo-, por lo que incluso pudo abrirse la puerta a un rezo mixto.

Sin embargo, aquel primer conato de romper barreras no hizo ni un rasguño en los sólidos pilares que los ultraortodoxos sostienen con firmeza. Una semanas después de aquella sentencia, un grupo nutrido de mujeres acudió al Muro, y las recibieron a porrazos. Les llovieron piedras y sillas. Cuando se pusieron a cantar, un ensordecedor estruendo de pitidos y bramidos inundó la plaza del Muro. La policía tuvo que intervenir. Hubo varios heridos.

El año pasado, la asociación de mujeres feministas que reivindica el rezo en igualdad celebraba su 30 aniversario, y regresaron al Muro con los símbolos que no deben tocar. De nuevo, los ultraortodoxos las esperaban. Los rabinos habían organizado una caravana de autobuses con cientos de alumnas de las yeshibas (escuelas religiosas) que se colocaron de madrugada en el Muro, para impedir que llegaran a él las reformistas. Y, cuando lo intentaron, los estudiantes las insultaban, escupían y amenazaban con golpearlas. Así que se marcharon a un sector de rezo mixto, fuera del Muro, donde les está permitido leer la Torá junto con hombres reformistas.

Después de conocer todo esto, me quedé un rato frente al Muro. No paraban de llegar mujeres tratado de hacerse un hueco para acercar su rostro a las piedras sagradas y rezar. Soy incapaz de saber qué me asombra más de todo lo vivido en Jerusalén. A menos de cuatro horas de vuelo en avión de Madrid.

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